El Dinero y sus Vicios ( III )
La avaricia

Por Benjamín Olivares Bogeskov

Introducción

El siguiente artículo concluye una serie de tres en los que he pretendido explicar el daño subjetivo que produce el vicio moral, entendiendo por daño subjetivo no tanto los actos externos que realiza el vicioso para conseguir sus deseos sino los mismos deseos desordenados que lo inclinan hacia un objeto malo. Tal desviación afectiva aparece como la principal causa de todos los actos malos, y en el plano interior frustra la aspiración del hombre a una vida feliz; sobre todo porque el vicio daña su capacidad de gozar con lo que verdaderamente es bueno.

De  todos los vicios relativos al dinero la avaricia es el principal, el más dañino y el más frecuente. Por esto hemos dedicado un artículo específico para hablar de ella con más detalle, esperando que el lector pueda descubrir sus efectos tanto a nivel social como personal.

A. La avaricia y sus consecuencias

1. La avaricia: Un vicio difícil de reconocer

Poca gente se reconocería avara; sin embargo, la avaricia constituye un vicio en extremo frecuente. Ciertamente es difícil encontrar personas realmente desprendidas y libres respecto al dinero, pero es aun más difícil encontrar a alguien que reconozca su debilidad por las riquezas. Y esto es así, en primer lugar, porque la avaricia no genera acciones que sean claramente viciosas, como sí sucede, por ejemplo, con la violencia o el alcoholismo (que generan peleas o borracheras). Por su parte, la avaricia tiende a ocultarse bajo los consejos de un cierto sentido común; y, sin manifestarse de modo vehemente, influye en decisiones fundamentales en la vida de cada hombre. Así, por ejemplo, con frecuencia jóvenes que sienten inquietudes artísticas o intelectuales renuncian a tales estudios pues no resultan rentables. Sobre esto ya escribía Séneca: "A muchos que querían dedicarse al estudio de la sabiduría se lo han impedido sus riquezas"(Epístola XVII).

En situaciones semejantes, la avaricia se oculta pues no aparece como un deseo directo y positivo de poseer muchos bienes, sino más bien como un temor a no tenerlos en el futuro. Por esto, si se acusara de avaros a aquellos jóvenes, lo normal sería obtener una respuesta moderada como "yo no quiero ser rico, sino tener lo suficiente como para vivir cómodo, tranquilo y poder enfrentar las emergencias". Dicho así, no pareciera haber nada malo, pues, de hecho, nada tiene de malo el deseo de comodidad y de seguridad. Precisamente, otro aspecto que hace de la avaricia un vicio tan complejo de descubrir es que versa sobre bienes necesarios para la vida humana, ya que al hombre no sólo le corresponde sobrevivir con lo indispensable, sino además vivir bien: gozar de bienestar. Pero el grave problema es determinar cuántos bienes requiere un hombre para sentirse cómodo, y aún más difícil saber cuánto necesita para sentirse seguro. El deseo constante e insaciable de nuevos bienes, junto a la permanente sensación de inseguridad, son síntomas típicos de la avaricia. Y se trata de síntomas que fácilmente se descubren en nuestra sociedad. Lo primero resulta evidente al comprobar que la mayoría de las personas tiende a gastar la totalidad de su sueldo, y si éste aumenta, la tendencia persiste generándose nuevas necesidades; lo cual provoca la sensación de que nunca se tiene suficiente dinero. Respecto a lo segundo bastaría con comprobar la enormes cifras que se gastan en seguridad, ya sea en compañías aseguradoras o en sistemas de protección personal. Las razones para justificar estos gastos son miles, y no nos interesa desmentirlas, sino simplemente aludir a la sensación de inseguridad que las sustenta.

El deseo constante de nuevos bienes y la sensación de inseguridad son síntomas que nos permiten diagnosticar la avaricia en un pueblo, pero no son los únicos, ni los más graves. Además, aquellos síntomas se sustentan en deseos naturales, por lo que el anhelo de seguridad y consumo no siempre se debe simplemente a la avaricia. Por ello, lo que más profundamente nos permite reconocer la avaricia es cuando distinguimos que los bienes más dignos de la vida humana están subordinados al dinero. Donde la justicia está subordinada al dinero, hay avaricia: la corrupción siempre sigue a la avaricia. Igualmente, donde en nombre del bienestar y la seguridad se sacrifica la búsqueda de la verdad y de la belleza, dejando  los hombres de cultivar las artes, la filosofía o postergando su búsqueda religiosa, se encontrará siempre una primacía del dinero. Esta subordinación de los bienes superiores a los inferiores suele ir acompañada de una cierta pérdida del sentido en la vida, tal como veremos más adelante.

Atendiendo a todos estos síntomas es posible constatar que el amor  desordenado al dinero está más extendido de lo que comúnmente se suele estar dispuesto a admitir. En las páginas siguientes, en la medida en que penetremos más en las consecuencias de la avaricia, se irá revelando hasta qué punto desordena la vida humana; y, aportando nuevos síntomas y consecuencias, aparecerá con más claridad lo extendido que se halla como vicio.

2.  Gravedad de la avaricia

Lo dicho hasta ahora nos permite concluir que la avaricia no sólo es un vicio frecuente y difícil de identificar, sino que además es un vicio grave. La gravedad de un vicio puede determinarse según diversos criterios. En primer lugar, se debe considerar la dignidad del bien contra el que atenta: es peor atentar contra el hombre que contra sus bienes: el asesinato es peor que el robo. Según este criterio, la avaricia no sería el más grave de todos los vicios, ya que su objeto son precisamente los bienes materiales, que no gozan de la mayor dignidad. Sin embargo, si consideramos el desorden del afecto, un vicio es más grave en cuanto inclina el afecto a un bien inferior, y en este sentido la avaricia es gravísima, pues precisamente inclina el afecto a lo más indigno que se puede apetecer: los bienes materiales. Por esta razón, desde antiguo, tanto los filósofos griegos como las religiones de oriente e incluso el cristianismo, han visto en el apego al dinero uno de los mayores obstáculos para que el hombre vaya en busca de los bienes espirituales o culturales. La avaricia es enemiga de toda vida espiritual y de toda vida contemplativa o artística. Resulta especialmente dañino que quienes se han dedicado a cultivar y buscar estos bienes caigan en la avaricia: si un artista o un filósofo se vuelve avaro verá deteriorarse, o bien su obra, o bien su relación con sus obras. Y aun peor sería el caso de un sacerdote"

Un hombre avaro fácilmente pierde de vista el valor real de las cosas, sobre todo aquellas que no es capaz de ponerles precio, lo cual lo puede conducir a un cierto escepticismo y amargura, pues sospecha de todo desinterés. Según  Óscar Wilde "el cínico es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada". Tal es también la situación del avaro, por lo que no es raro que ambos defectos se den juntos.

Como dijimos anteriormente, parte de la gravedad de la avaricia proviene de ser un mal hábito muy difícil de sanar. Esto se debe en parte a que una vez surgido el desorden afectivo se produce un círculo vicioso, ya que el hombre, al amar el dinero, pierde el gusto por los bienes superiores, y una vez en esa situación, más se apega al dinero, alejándose aún más de todo bien superior.

3. Diversos grados en la avaricia

Aun tratándose de un vicio frecuente y grave, no siempre la avaricia se da con la misma gravedad, por lo que es posible distinguir diversos grados. 

Para determinar estos grados se puede considerar, en primer lugar, el acto propio del avaro que es retener inmoderadamente los bienes. Si esta inmoderación llega hasta tal punto que se retienen o se adquieren bienes ajenos, entonces la avaricia atenta contra la justicia, y genera una falta y un vicio gravísimo (dependiendo su gravedad de las circunstancias y la cantidad de esta injusticia). El problema de este grado de avaricia es que, por su apego al dinero, el avaro, incluso estando consciente que retener lo ajeno es injusto, siempre encontrará buenas excusas para alegar que ese dinero le pertenece. Así, por ejemplo, verá en la más mínima falta una buena razón para no pagar íntegramente un trabajo o una mercancía. O, de modo semejante, decidirá no pagar impuestos alegando que los políticos roban al Estado (lo cual no deja de ser curioso pues no pagar impuestos, en la mayoría de los casos, es una forma de robo al Estado).

San Agustín advierte que quien alegue que no siente apego por los bienes ajenos, sino sólo por los propios, de todos modos no está libre de avaricia, ya que si este apego lo conduce a obrar injustamente, ya sea aceptando el soborno o cediendo ante la extorsión que amenaza sus bienes, entonces por avaricia obrará contra la justicia, demostrándose así que si bien el apego a los bienes propios no resulta tan grave como el deseo de los ajenos, de todos modos puede ser causa de injusticias.

Pero es posible también considerar a la avaricia no tanto respecto a su acto propio sino respecto a la desviación del afecto, y de este modo no se opone tanto a la justicia sino a la generosidad. Si la desviación del afecto no atenta contra la caridad, de modo que alguien por apego al dinero no está dispuesto a obrar contra Dios o contra su prójimo, entonces el afecto no está gravemente desviado. De este modo, un apego desordenado pero no vehemente a los bienes quizás no llevará al hombre a obrar contra la justicia, pero sus acciones no serán perfectas, ya sea porque resultan de la mezquindad o del descontento. En el primer caso gastaría menos de lo que correspondería (como alguien que, teniendo dinero, regala una nimiedad para el matrimonio de un buen amigo; donde ciertamente la acción no será mala pero sí imperfecta); en el segundo, puede que regale generosamente al amigo, pero a tal costo por su apego a los bienes que, si bien no dañará objetivamente el acto, sí lo hará subjetivamente: habiendo hecho algo bueno no quedó contento.

4. La avaricia como causa de otros vicios

Un vicio puede ser causa de otros de distintas maneras.1) La primera es como causa final, es decir, un vicio en la carrera por conseguir su objetivo genera una serie de otros vicios que se comportan como medios con respecto a su fin. Considerando este tipo de causa, la tradición distinguió los siete vicios capitales, entre los cuales se cuenta la avaricia. Cada uno de estos vicios genera otros que fueron llamados sus hijas. Así, por ejemplo, se habla de las hijas de la envidia, alguna de las cuales son la murmuración, el odio y regocijarse en la adversidad ajena. Esto se comprende si se considera que la envidia (que consiste en una tristeza por la gloria ajena) tiende a eliminar lo que provoca tristeza. Si el sentimiento no cesa, la envidia genera odio, buscándose derechamente el mal del otro; pudiendo el envidioso llegar a alegrarse por ello. 

El fin último de la vida humana es la felicidad, por lo que, si alguna cosa participa de cualquier condición de la felicidad, entonces se comporta como causa final con respecto a muchas otras. Las condiciones de la felicidad son: que se trate de un bien perfecto, suficiente en sí mismo y deleitable. En cuanto se pretende satisfacer estas condiciones en bienes parciales y desordenados es posible distinguir los principales vicios capitales. Así, por ejemplo, en cuanto se busca la perfección, que es una cierta excelencia, se siguen la soberbia y la vanagloria, como apetitos inmoderados de la propia perfección. En cuanto se busca desordenadamente el placer, se sigue la gula y la lujuria, ya que estos placeres son los más evidentes para todos los hombres. Finalmente, al buscar la suficiencia, es decir, encontrarse en un estado en que no se dependa de ningún elemento externo, entonces aparece la avaricia, la cual surge principalmente del deseo de asegurar la propia vida mediante las riquezas. El fin más propio del apetito de dinero es precisamente la búsqueda de seguridad y suficiencia. Es cierto que mediante el dinero uno puede conseguir honor y placer, de modo que la misma avaricia puede ser provocada por la soberbia o la lujuria. Sin embargo, buscando el dinero se pretende que el honor y el placer se poseen de modo seguro y perpetuo.

La hijas de la avaricia se desprenden de los actos propios del avaro, que son retener en exceso y adquirir en exceso. Lo primeros daños que se siguen son desordenes subjetivos y especialmente interesantes para nuestro estudio: la dureza de corazón y la intranquilidad. El primero resulta del deseo de retener excesivamente, propio del avaro; ya que para poder retener su dinero, el deseo de conservarlo debe ser superior a todo sentimiento de compasión que lo mueva a dar de lo suyo. De esta dureza se siguen muchos males en la relación con los demás, sobre todo los necesitados, pues por la dureza de corazón se tiende a acusar al pobre de ser en gran medida culpable de su pobreza, disculpándose de ayudarlo pues se malgastaría lo que se da. En resumen, la dureza de corazón es fuente de prejuicios contra el necesitado.

Por su parte, la inquietud surge del apetito de adquirir excesivamente, ya que el avaro nunca se harta de dinero y se llena de cuidados superfluos en orden a asegurar lo que posee. La inquietud es, sin duda, uno de los efectos más dañinos de la avaricia, al menos en lo que se refiere al aspecto subjetivo del hombre, pues afecta sobre todo la  capacidad de disfrutar con los bienes que se poseen. Lo irónico de la relación viciosa con el dinero es que, como dijimos, quien se entrega a la avaricia busca principalmente seguridad, pero el vicio multiplica su sensación de inseguridad, y en la medida en que aumentan sus bienes aumentan sus gastos y sus inquietudes. En el orden teológico, la inquietud revela un problema profundísimo, pues la pretensión de asegurarse en los bienes supone la aspiración del hombre a no depender más que de sí mismo, negando así toda confianza en la Providencia Divina y cerrando toda puerta a una participación real de Dios en la vida. Por esto la inquietud se considera un vicio contra la esperanza, lo que constituye uno de los más graves e insanables de todos los vicios.

Las otras hijas de la avaricia provienen del acto por el cual el avaro intenta apoderarse de lo ajeno y no se limitan al efecto subjetivo de la avaricia, sino que atentan gravemente contra la justicia. Así, si el intento de apoderarse de lo ajeno se realiza mediante la fuerza entonces surge la violencia. El amor al dinero es una de sus principales causas, ya que es principalmente el dinero lo que suele mover al robo con fuerza; pero vale la pena advertir que la violencia propia de la avaricia no sólo incumbe a quien está dispuesto a quitar lo ajeno, sino también a quien está dispuesto a proteger lo propio mediante la fuerza. Ciertamente, no se trata de cosas iguales, pues quien se defiende del robo es amparado por la justicia. Sin embargo, aun siendo una causa justa, es posible que la defensa sea desmedidamente violenta, más motivada por el deseo de eliminar al ladrón que de evitar el robo.

Con el fin de obtener los bienes ajenos, el avaro se vale además de diferentes formas de engaño. Así, si el engaño se hace con las palabras surge la mentira; si aquellas palabras se hallan confirmadas por el juramento entonces el avaro cae en el perjurio. Si el engaño se realiza en las cosas mismas que se transan, entonces se comete un fraude, y si el engaño recae sobre las mismas personas entonces el avaro se convierte en traidor

De lo dicho se siguen las graves consecuencias que la avaricia tiene para la vida social, tal como lo veremos al concluir este artículo.

2) El segundo modo como un vicio se vuelve causa de otros es en cuanto proporciona la materia sobre el cual versa el mismo vicio. Este es el sentido en el que la tradición de los grandes teólogos morales interpretó una famosa sentencia paulina: "La raíz de todos los males es el afán de riquezas". Casi no existe mal al que no se pueda llegar por amor al dinero: por dinero se roba, se mata, se envidia, se multiplica la pornografía o la prostitución, etc. Casi todas las disputas entre los hombres pueden reducirse a intereses económicos, siendo el dinero la materia que da origen a una multitud de males. Por ejemplo, la avaricia provoca la envidia, pues deseando ciertos bienes genera tristeza el que sean de otro. De este modo también la avaricia proporciona la materia para que un joven pierda su vocación o renuncie a ideales más altos. Así el amor al dinero proporciona la materia para ser imprudente, y no ser capaz de reconocer el valor que corresponde a cada cosa. Por amor al dinero se multiplican las ocasiones de obrar mal.

3) Por último, la avaricia provoca otros vicios similares a ella en especie, ya que todo vicio corrompe una cierta potencia humana, de tal manera que todos los actos que corresponden a aquella potencia se ven alterados. Así sucede, por ejemplo, con quien no modera la potencia que desea los bienes deleitables, cayendo con mucha frecuencia en los vicios de la comida o en los que corresponden a la sexualidad. 

Por su parte, la avaricia genera un desorden en dos potencias distintas, pues tal como vimos arriba, es posible considerarla en cuanto opuesta a la justicia, y por lo tanto, dañina a la voluntad cuya virtud propia es la justicia. El acto propio de la justicia es dar a cada uno lo suyo; pero el avaro, por amor a las riquezas y su desviación en la voluntad, sufre problemas para respetar lo que no es suyo

Pero, además, vimos que la avaricia supone una inmoderación en el deseo que no corresponde propiamente a la voluntad sino a un apetito que la tradición llamó irascible, que es aquel por el cual el hombre tiende a conseguir bienes arduos. El irascible controla la capacidad de enfrentar situaciones difíciles, arduas o peligrosas. De este apetito surgen virtudes como la paciencia o la valentía. Una inmoderación en él puede producirse o por exceso o por defecto: así, si la virtud es ser valiente, el vicio por exceso es ser temerario, y por defecto, cobarde. La avaricia es un vicio por exceso de fortaleza, ya que el acto de retener a toda costa supone vencer muchos obstáculos. Como dijimos, el hombre avaro busca en los bienes suficiencia; por esto, en el apetito de riquezas subsiste un apetito inmoderado de autosuficiencia, lo cual genera un vicio de su misma especie (pues también pertenece al irascible) que es la soberbia. El avaro, al amar desmedidamente su suficiencia, cae fácilmente en la soberbia, sobre todo si consigue dinero; si no lo hace tiende a desesperarse y verse humillado con mayor facilidad.

B. Otras consecuencias de la avaricia

Considerando lo dicho hasta ahora respecto a la conexión entre la avaricia y un cúmulo de vicios, podemos analizar cómo altera otra serie de aspectos de la vida humana.

1. Efectos de la avaricia en relación al trabajo

Uno de los fines del trabajo es la producción de riquezas. Ciertamente no es el único fin, pero aparece como el más evidente o inmediato. Por esto, si se desordena el apetito de riquezas, se desordenará también la relación con el trabajo. El principal desorden proviene de valorar el trabajo sólo por su dimensión objetiva, esto es, por su productividad; descuidando su valor subjetivo, es decir, el bien total del trabajador.

El valor subjetivo del trabajo se refiere al perfeccionamiento íntegro producido por el acto de trabajar en la misma persona que lo hace. El valor subjetivo no es un elemento secundario o trivial en la vida del trabajador, pues normalmente la gran mayoría de las personas (si no se ven agobiadas por necesidades urgentes) no estarían dispuestas a ganar mucho dinero si esto supusiera renunciar por completo a realizarse en lo que hacen. La alegría por lograr una obra que se considere valiosa, junto con el desarrollo de sí mismo (ya sea intelectual o práctico), son todos elementos subjetivos del trabajo de un valor superior al producto objetivo; al menos en el plano de la dignidad de los bienes que se adquieren. La avaricia conduce al hombre a desconocer el valor de aquellos bienes más dignos, hasta el punto de sacrificarlos en nombre de las ganancias. Si esto se aplica a la esfera personal, el avaro puede dañar seriamente su vida y la de su familia. Si, en cambio, esta sobrevaloración de la dimensión objetiva del trabajo se aplica a sus empleados, el avaro corre el riesgo de darles un trato inferior al que exige su dignidad. No pretendemos entrar en discusiones sobre el sueldo justo o salario mínimo, sino sólo advertir sobre la disposición interior del avaro que impide realmente preocuparse por el trabajador en cuanto persona, lo cual sin duda tendrá efectos en la estructura concreta de cómo se realiza el trabajo.

Esta misma disposición subjetiva es la que dificulta que el avaro aprecie el trabajo como una acción valiosa por sí misma, viéndola sólo como medio para generar riquezas. Así, fácilmente termina por percibir en el trabajo una acción tediosa: su desencanto está íntimamente ligado a la percepción de aquél como simple medio de producción. Tal disposición se manifiesta, por ejemplo, cuando se sostiene que si se ganara un premio de lotería se dejaría inmediatamente de trabajar.

2. Avaricia y justicia social

Como hemos visto, la avaricia atenta en parte contra la justicia; daña la capacidad del hombre de reconocer lo que es ajeno y dárselo según corresponde. Y como la justicia es uno de los elementos sobre los que se sustenta la vida social, la avaricia se puede considerar como uno de sus vicios más dañinos. De ella provienen, como vimos, la violencia, la mentira, el perjurio, el fraude y la traición; males todos que no sólo alteran la convivencia entre las personas sino que además conmueven los fundamentos de toda vida económica estable. Incluso el libre mercado requiere de un mínimo marco legal e incluso ético sin el cual toda transacción comercial sería impracticable. De hecho, en los países donde abunda la corrupción o la violencia, la vida económica se ve seriamente mermada.

La famosa sentencia de Adam Smith "los vicios privados son virtudes públicas", que considera la avaricia como el principal motor de la vida económica de un país, parece desconocer las verdaderas consecuencias sociales de un vicio. Pretender que un avaro respete de motu propioal menos la legalidad vigente necesaria para la prosperidad económica, es ilusorio. La avaricia provoca diversas injusticias en orden a conseguir los bienes ajenos: en los más desposeídos brota con mayor facilidad la violencia, mientras que en los más ricos abundan los métodos que recurren al engaño, primando entre ellos la mentira y el fraude.

Conclusión

Todo lo dicho hasta aquí nos permite comprender la dimensión del daño que produce un vicio. Primero en el plano subjetivo, al despertar toda una serie de deseos desordenados que son causa, por una parte, de una insatisfacción con los propios bienes, y, por otra, de múltiples vicios. Pero muchos de estos vicios, tal como vimos, no limitan su nefasta influencia a un plano puramente subjetivo, sino que infectan también el ámbito social objetivo, con los consiguientes daños para la justicia, elemento central en la constitución de una sociedad. De aquí que toda reflexión sobre economía debe considerar la fragilidad de la naturaleza humana frente al dinero, la cual es capaz de llevar al fracaso casi a cualquier sistema. Por eficiente que parezca, no es capaz de corregir los corazones viciosos, y tampoco logra subsistir mucho tiempo en abundancia de vicios. La pretensión de ignorar el problema ético en un sistema económico, o incluso de considerar los vicios como un motor de la economía, puede llegar a dar ciertos resultados, ya que muchas veces la vida económica se comprende desde la competencia de personas afanadas en saciar un apetito inmoderado de riquezas. Sin embargo, tales teorías acabarán por considerar al hombre mismo como un medio dentro del mercado, y no un fin. La idea de basar la economía en un equilibrio de egoísmos es semejante a la propuesta de Maquiavelo de fundamentar la prosperidad del gobernante en el temor más que en el amor de los súbditos y colaboradores. El sistema da resultado, pero a costa de los súbditos. Lo mismo sucede con un sistema económico que considere la avaricia como hecho incorregible y lo proponga como ley universal, sólo limitada por la avaricia del otro. Para Maquiavelo, el egoísmo lo controla la fuerza de la espada; para estos sistemas económicos, la fuerza del mercado. Para ambos, la vida social se fundamenta en una fuerza coercitiva que convierte al hombre en un medio; en un caso para la estabilidad política y en otro para el progreso económico.